El Programa GAMER - La Era de los Sheitans - DIGITAL

El Programa GAMER – La Era de los Sheitans – Capítulo 3 Capitán William F. Cyrus

Arrojó su camisa al suelo, golpeó en dos ocasiones con el puño la puerta metálica, repetía una y otra vez en su mente los mismos eventos, la orden de retirada antes del ataque nuclear. Estaba a oscuras, sólo unos débiles rayos de sol atravesaban los pequeñísimos barrotes ubicados sobre su cabeza.

—¿Así que sólo los vamos a dejar? ¡Queda muchísima gente ahí adentro!

Aquella ocasión reclamó con todas sus fuerzas, incluso se arriesgaba a ser encarcelado; no le importaba, no se quería ir, estaba furioso; recién había recibido la orden de retirarse y no podía creerlo, iban a alejarse y dejar que toda esa gente fuera destrozada por los demonios.

Esa fue una de las muchas veces que desobedeció órdenes, no era un soldado muy disciplinado pero, la verdad sea dicha, la mayoría de sus indisciplinas eran por líos de faldas y salidas nocturnas; esta vez sería diferente, su indisciplina era por su propia humanidad.

El soldado era joven, un apuesto hombre de color, de penetrantes ojos verdes y musculatura envidiable; sin duda hubiera podido ser modelo o actor, ciertamente tenía la apariencia; pero prefirió la vida militar, siempre le había gustado y desde niño deseó ser soldado. Había iniciado su carrera militar no hacía muchos años y no era precisamente un excelente elemento; si bien era fuerte, atlético y decidido, también era problemático; se metía en frecuentes peleas, usualmente debido a las mujeres, quienes le encantaban y a las cuales abordaba sin temor; no cualquiera podría rechazar a un adonis como él, y este hombre lo sabía por lo que sacaba ventaja en cada oportunidad que se le presentaba.

Habló con algunos de sus compañeros, lamentablemente casi todos ansiaban irse y, tan pronto recibieron la orden de evacuación, tenían listas las maletas y estuvieron sobre los transportes para irse sin mirar atrás. Pero ellos no eran todos, consiguió un pequeño grupo que, como él, se encontraba a disgusto después de la orden de retirada. Recolectaron las armas más poderosas, entre ellas bazookas, así como cuantiosas municiones y explosivos; robaron un transporte de carga con el tanque lleno y se adentraron a dónde sabían que quedaba gente… y sheitans.

Recorrieron las calles a toda velocidad, aún era de día, los rayos del sol bañaban las calles y mantenían ocultas a las criaturas, pero no todas tenían tanta aversión a la luz solar, siempre había algunas dispuestas a salir durante las tardes; vieron algunos sheitans en el camino pero no pensaban comenzar una batalla, tenían poco tiempo antes de que cayeran las bombas. Era necesario llegar al refugio, subir a la gente y escapar a toda prisa. Claro que no podrían salvarlos a todos pero sí tratarían de rescatar a cuantos pudieran; no podían ponerse a combatir contra demonios, no ahora.

—Avanza, avanza, a la izquierda, ahí, detrás de la barricada, sortéala, perfecto. Detente, el resto lo hacemos a pie.

Cuatro soldados se bajaron del vehículo, portaban rifles M16, los usuales en el ejército; cargaban con varias mochilas repletas de municiones, pues los sheitans absorbían las balas como esponjas, algunas granadas y, a sus espaldas, cada uno una bazooka; sólo por si acaso.

Primeramente revisaron los alrededores en caso de que alguna bestia estuviera cerca o los hubiese seguido en el camino, estaban solos pero no podían contar con que así lo estuvieran durante mucho tiempo. Caminaron rápido en dirección de la barricada, en línea recta, la escalaron y cruzaron sin problemas.

—El refugio no está muy lejos. —Dijo el instigador.

Recorrieron los escombros de la ciudad sin mirar siquiera donde pisaban, no tenían tiempo para irse con cuidado. Vieron cuerpos en el suelo, vestían uniformes militares; habían sido sus compañeros, estuvieron defendiendo la posición durante días, en lo que terminaban de extraer a unas personas que se habían refugiado en un estacionamiento. Les había tomado semanas el dejar la zona «aceptablemente segura», tiempo en que sufrieron muchas bajas. Finalmente consiguieron estabilizar el lugar el tiempo suficiente para extraer a cientos de personas en varios helicópteros; pero no eran suficientes, muchas más se habían quedado atrás, rogando su extracción al momento que la última aeronave partía. Los militares llevaron con ellos a tanta gente como pudieron pero la imagen de toda esa gente que se había quedado atrás era demasiado. Al menos para ellos cuatro era insoportable.

El instigador lideraba el camino, el resto le seguía cerca. Escucharon el caer de unas rocas a su derecha, voltearon y vieron a la criatura: un sheitan de cerca de tres metros, horrible como siempre lo eran esas criaturas. Tenía la cabeza grande y adornada con varios enormes cuernos que nacían desde la frente y recorrían su espalda y alrededor del cuello, parecía como la melena de un león. Sus brazos eran fuertes y largos, cubiertos de pelaje negro, sobresalían espinas en los hombros y antebrazos.

—¡Vamos, vamos! —Gritó el instigador. —¡No dejen que se acerque!

Los cuatro hombres dispararon sus M16 pero el sheitan ni se inmutó, corrió de frente a ellos, absorbiendo las balas; logró alcanzarlos y hubieron de romper la formación.

El sheitan quedó en medio de los cuatro soldados, quienes disparaban encontrados hacia la criatura, intentaban matarla al mismo tiempo que pretendían no matarse entre ellos. El sheitan parecía confundido, quizá por recibir ataques a cada lado, lanzaba zarpazos al aire y gruñía furioso. A uno de los soldados se le terminaron las balas, trató de recargar; no hizo nada mal, no titubeó, era un elemento experimentado; pero el sheitan fue muy rápido, tomó el instante en que el pobre sujeto no disparaba para lanzarse en su contra sin que sus tres compañeros pudiesen hacer algo para ayudarle. El pobre recibió el ataque de frente, ni siquiera alcanzó a cubrirse el rostro. Tenía al demonio sobre él, sus colmillos se incrustaban en su cráneo, sus garras se hundían en su piel; la sangre comenzó a brotar a raudales y el sheitan arrancaba más y más pedazos del pobre hombre.

El instigador tomó la bazooka que llevaba a espaldas y apuntó a la criatura, así como a su compañero, disparó; la explosión hizo volar enormes pedazos de concreto, carne y polvo; cuando éste se disipó sólo quedaba una masa sanguinolenta donde antes estuvieran la criatura y el soldado. El instigador tragó saliva, volvió a colocarse la bazooka a la espalda e indicó con la cabeza que siguieran el camino, nadie dijo palabra.

Les quedaba poco tiempo, tanto para el bombardeo como para que anocheciera, cualquiera de esas dos opciones significaba su muerte; no podían tomarse más tiempo combatiendo bestias. Corrieron ya sin cuidado y llegaron a una esquina, a la vuelta estaba el estacionamiento donde, días atrás, él y sus compañeros lucharon valientemente para rescatar a miles de personas varadas en medio de la ciudad.

Recorrieron el último trecho, estaban frente al estacionamiento, un amplio espacio bardeado, sin techo, con una única entrada y salida de vehículos, pero esa zona estaba sellada

Se acercaron a la entrada del estacionamiento, estaba cubierta con sacos de arena que los militares habían dejado atrás durante su evacuación; los sobrevivientes las habían apilado en la entrada para impedirle el paso a los sheitans. Con esfuerzos lograron abrirse camino retirando los sacos de un costado; conforme trabajaban en retirar esa barricada se extrañaron.

—¿Por qué hay tanto silencio?

Al instigador le extrañó la quietud, a los sobrevivientes se les recomendaba que no hicieran demasiado ruido pero era imposible estar en calma; cada que se topaba con campamentos de refugiados escuchaba sollozos, lamentos, quejidos; solía ser complicado mantenerlos en silencio, aún y teniendo autoridades a la disposición. ¿Y ahora tantísimas personas guardaban silencio? Algo andaba mal.

Quitaron el último saco de arena, no habían hecho aún suficiente espacio para pasar pero ya podían ver el interior del estacionamiento.

—¡No! ¡NO, MALDITA SEA!

El instigador golpeó los sacos de arena que restaban, enterró la bayoneta profundo en varios de ellos mientras los pateaba y gritaba al tiempo que se abría camino al interior. Ingresó y cayó al suelo llorando.

El estacionamiento era un depósito de cadáveres, el suelo estaba tapizado de cuerpos, de partes humanas cubiertas de sangre, vísceras; olía terrible, a putrefacción y heces; había moscas por todos lados, las botas dejaban huellas sobre la sangre al caminar.

—Están todos muertos. —Dijo uno de ellos.

Un soldado se acercó a un cuerpo, se inclinó y trató de reconocerlo, era imposible, su rostro había sido arrancado; los restos estaban parcialmente devorados. Lo inspeccionó, tenía marcas de violencia, carne arrancada con fuerza, huesos triturados. Levantó la vista y observó las paredes, eran muy altas y tenían marcas de garras.

—Las escalaron, los sheitans escalaron las paredes.

Recorrieron el estacionamiento con cuidado, respetando los cuerpos tanto como les fue posible, buscaban sobrevivientes, alguno debía quedar vivo; eran cientos de personas, sin duda alguien debió quedar herido. Movían los pocos cuerpos enteros que encontraban, les daban vuelta sólo para encontrarse con que les faltaban enormes trozos de carne. Buscaron afanosa-mente durante mucho tiempo, más del que debían considerando sus circunstancias; no encontraron nada con vida más allá de esas malditas moscas y muchos gusanos que comían la carne muerta de aquellos a quienes pretendían salvar.

Escucharon ruidos lejanos, sonidos similares a auillidos, a gruñidos; muy sonoros, aterradores.

—Debemos irnos.

Levantaron la vista al cielo, las pocas nubes que se alcanzaban a ver detrás del humo ocasionado por los cuantiosos incendios tenían una tonalidad anaranjada, casi rojiza, sanguinolenta. Pronto sería de noche.

—Si no nos matan las bombas nos matarán los sheitans. —Dijo otro de los militares mientras ponía su mano en el hombro del instigador, cuyos ojos verdes estaban irritados de tanto llorar.

Los ruidos de los sheitans se volvían más intensos, comenzaban a activarse; siempre eran más inquietos durante las noches. Los tres soldados salieron del estacionamiento, el instigador lanzó una última mirada hacia atrás; su indisciplina había sido en vano.

Apenas habían recorrido una cuadra cuando varias criaturas emergieron de las ventanas de los edificios, de las entradas al metro subterráneo, de entre montañas de escombros. Algunos saltaron desde lo alto de lo que quedaba de los rascacielos y aterrizaron violentamente, levantando polvo y ocasionando un suave tremor que los soldados sintieron convertido en un escalofrío que les recorrió la espalda.

—¡No peleen, vámonos de aquí! —Gritaba el instigador, ya recuperado de la impresión.

Los tres soldados corrieron de vuelta a donde habían dejado el transporte, decenas de sheitans los perseguían; eran criaturas pequeñas en comparación de las que alguna vez habían visto, quizá las grandes tardaban más en despertarse. Los sheitans les seguían, brincaban los obstáculos y les daban alcance rápidamente.

Los soldados no podían entretenerse en tratar de eliminarlos, una sola de las criaturas podría llevarse un cargador entero de M16 y sólo perderían tiempo y más demonios los cercarían. Disparaban rondas cortas sólo para retrasarlos un poco. Un sheitan ya corría paralelo a los tres militares, uno de ellos le disparó pero la criatura brincó hacia él y lo alcanzó, los otros dos cayeron al suelo; el que aún tenía su bazooka iba a utilizarla pero no tuvo tiempo ni siquiera de apuntar, el cuerpo del sheitan explotaba junto al de su compañero, éste había activado sus granadas.

Los dos hombres continuaron corriendo, sintieron calor, el viento se volvió ardiente, las criaturas arrojaban fuego de sus bocas.

Rugían y gritaban a espaldas de los soldados, quienes no dejaban de hacer disparos cortos para hacer espacio entre ellos y las criaturas. Una bola de fuego pasó sobre ellos, el aire que dejaba a su paso ardía, el instigador sintió como su costado derecho le quemaba, pensó que le había conectado pero ni siquiera había pasado cerca.

Otra bola de fuego se estrellaba de frente a los militares, generando con el impacto una explosión y mucho calor. Al reventarse, ésta desprendía decenas de lo que parecían gotas de lava, una sustancia viscosa y brillante en color rojo que derretía todo lo que tocaba. Una de esas gotas, del tamaño de una taparrosca, cayó sobre el pecho del otro soldado; no portaban chalecos antibalas.

El hombre comenzó a gritar, sus ropas se incendiaban poco a poco mientras el líquido remanente de la bola de fuego fundía la tela, plástico y metales junto a la piel del desgraciado; éste bajó la velocidad, el dolor era inmenso, trataba de quitarse la ropa pero la tela se pegaba a su cuerpo; no dejaba de gritar y tropezó.

El instigador lo tomó por un costado y le ayudó a levantarse.

—¡No te desanimes, ya falta poco!

El transporte no estaba lejos, podían verlo estacionado más allá de la barricada. Los sheitans los perseguían, eran más cada vez, rugían, emitían horrorosos chirridos; seguían arrojando fuego que incendiaba los alrededores y hacía arder el aire.

El humo causado por los nuevos incendios se volvía más denso, era un humo negrísimo y de un olor desagradable, a sulfuro; se propagaba más rápido que los incendios regulares, el fuego proveniente de las bestias ardía con una potencia jamás vista.

—¡Un poco más! —Gritó el instigador.

Su compañero no dejaba de quejarse, su ropa se prendía de cuando en cuando sin importar los esfuerzos que hiciera para mitigar el fuego. Olía a carne quemada, escuchaba el crepitar de aceite hirviendo. La zona donde había caído la gota comenzó a incendiarse; el soldado, sin dejar de correr asistido por su compañero, usó su mano izquierda para intentar apagarlo, dio algunas palmadas en la zona y luego observó su extremidad, se horrorizó; ¡ya no estaba!

Continuaron la carrera, el instigador disparaba ocasionalmente, arrojaba sus granadas y las de su compañero a su espalda de modo que la explosión distrajera, o preferentemente matara, a algunas criaturas.

Llegaron hasta la barricada y ayudó a su compañero a sortearla, las criaturas seguían detrás. El instigador tomó la bazooka de su amigo y disparó hacia un edificio, éste se derrumbó y causó un gran levantamiento de polvo, escombros volaron por doquier. Aprovecharon el caos para subirse a la cabina de la camioneta, con el instigador al volante y su compañero, agotado, recostado sobre la puerta del pasajero.

El vehículo encendió, rápido tomó reversa y dio media vuelta para regresar a su base de operaciones. De la polvareda emergieron varios sheitans furiosos que dieron alcance al transporte, lo tacleaban con sus cuerpos, incrustaban sus garras en el metal y lo atravesaban con facilidad. Con cada impacto la camioneta vibraba, parecía que iba a deshacerse; al instigador le costó mucho trabajo mantener la dirección pero hacía lo mejor que podía. Las llantas chocaban violentamente contra piedras y se hundían en profundos pozos; el conductor aceleraba aún más, los golpes sacudían a ambos tripulantes pero no pensaba permitirse perder tiempo. Las criaturas los seguían a cada costado, atrás de ellos e incluso por encima. Un sheitan había brincado sobre la cabina; el instigador vio cómo sus garras atravesaban el techo, dio un volantazo y la bestia salió volando; el instigador sonrió un instante.

Continuaban su carrera tan rápido como podían, una bola de fuego explotó frente a ellos, la onda expansiva estrelló el parabrisas; el instigador evadió el incendio resultante y, al hacerlo, chocó contra un sheitan, pasando sobre la criatura, sintiendo cada protuberancia de su cuerpo. El instigador aceleró para dejar atrás el cuerpo de la bestia, miró por el espejo lateral y vio como el sheitan se reincorporaba y reanudaba su carrera tras ellos.

—¡Esas cosas no se mueren con nada! —Gritó.

Siguió conduciendo durante algunos minutos, perdió velocidad, le costaba más trabajo mantener la dirección. Las bestias ya les habían dado alcance nuevamente y se estrellaban contra el vehículo.

—»Hasta aquí llegamos». —Pensó.

Escuchó detonaciones de arma de fuego, muchas. Una criatura a su lado izquierdo recibía numerosos impactos de bala, pedazos de carne del sheitan se estrellaban en contra del vidrio de la ventana, que quedaba manchada de sangre; al otro lado más sheitans recibían daño balístico. Vieron varias estelas de humo, —»Misiles». —Pensó. Escuchó explosiones tras ellos.

Dejó de sentir cómo la camioneta se movía, los sheitans ya no la estaban chocando. Recorrió un corto tramo y vio soldados que disparaban; los dejaron atrás y continuó conduciendo, no dejaba de acelerar. Vio a un compañero que le hacía señas con las manos, le tomó unos instantes registrar lo que éste trataba de decirle, le pedía que se detuviera. El instigador pisó el freno y el vehículo se detuvo patinando y chirriando.

La camioneta estaba golpeada, tenía abolladuras a cada costado, el metal estaba perforado con numerosas marcas de garras; humeaba, las dos llantas izquierdas estaban ponchadas y el rin las había destrozado.

—… —El instigador exhalaba, no dejaba de apretar el volante.

Tocaron a su puerta, un soldado regordete le hacía señas, no podía verlo bien, el vidrio estaba rojo de sangre de sheitan, un rojo muy oscuro, carmesí; el instigador, temblando, abrió la puerta, el soldado regordete le ayudó a bajar.

—Mi compañero… —Dijo el instigador.

La otra puerta estaba abierta, unos soldados retiraban el cuerpo del militar, estaba muerto; su mano izquierda había desaparecido hasta el codo, tenía un agujero del tamaño de un balón de basquetbol en el pecho, se podía ver a través de él. La herida estaba chamuscada, la ropa fundida con la carne, olía terrible.

—Esta muerto. —Le dijo el soldado regordete que interpretaba los gestos de sus compañeros.

El instigador fue llevado con sus superiores, trató de explicarse pero no le permitieron hacerlo. Tres compañeros habían muerto por su culpa, no habían traído a nadie con vida; el instigador no trató de defenderse, fue llevado a una celda de detención donde permanecería largo tiempo.

Los días que había pasado a oscuras le habían hecho pensar, reconocía su responsabilidad, por él habían muerto sus compañeros, ¡y por nada! No había logrado rescatar a nadie, los sobrevivientes estaban muertos; eso era culpa del gobierno que los había abandonado. Estaba furioso, triste. Durante su cautiverio, días atrás, escuchó una enorme explosión, la tierra a sus pies tembló, sus camaradas afuera exclamaban asustados; las bombas habían caído, la ciudad estaba perdida y cualquier persona que estuviera en ella ya estaba muerta. Pensó que era el final, que pronto serían trasladados a la base para él ser enjuiciado o liberado. No sucedió nada, todos seguían en su sitio; escuchaba gritos, exclamaciones de incredulidad, nadie le decía nada, el instigador seguía sólo, a oscuras; pensando.

Así pasaron varios días, uno de ellos el ruido de motores de helicóptero le extrañó, solía escucharlos pero éstos eran diferentes de las aeronaves de ataque que solían arribar al centro de operaciones, era un sonido potente, grave, que hacía vibrar el suelo.

Escuchó un gran alboroto afuera de su pequeña celda, un cubículo de apenas tres por tres metros cuadrados. Se asomó por la pequeña rendija con barrotes pero no alcanzó a distinguir nada. Se sentó en su pequeño e incómodo catre.

Pasaron horas, el instigador seguía solo en la oscuridad; el sol dejaba de entrar por las rendijas, se hacía de noche; una noche más que habrían de pasar a las afueras de la ciudad; algo había salido mal, de eso no había duda.

Ya se estaba acostumbrando a la inquietud, se le había tenido aislado desde hace días, no sabía nada de lo que estaba ocurriendo afuera, no tenía idea de la situación en que se encontraban. A los sheitans, a esos sí los conocía bien, asumía que sus compañeros la estaban pasando muy mal contra esas criaturas infernales; lo que fuese que estuviera ocurriendo, no sería bueno.

Escuchó mucho ruido afuera de su celda, voces que discutían, trató de poner atención, pegó el oído a la puerta.

—¿Así que simplemente nos vamos?

—Son las órdenes.

—Esos idiotas…

No alcanzaba a reconocer las voces. Se acercaron, la puerta se abrió; aún había luz afuera por lo que el súbito ingreso de ésta a su oscura celda, deslumbró unos ojos que tenían días sin ver algo tan brillante.

—Nombre y rango soldado.

El instigador no respondía, los ojos le dolían mucho.

—Nombre y rango soldado.

—…

—¡Nombre y rango soldado! —Repitió con autoridad.

—… ¡Sargento Nicholas Ricco señor!

Sus ojos comenzaban a acostumbrarse al brillo de la luz, lagrimeaba; alcanzó a distinguir dos siluetas, ambas de gran tamaño pero una era realmente gigantesca. Poco a poco fue enfocándose en la que hablaba, la figura de menor tamaño, que era quien se encontraba más cerca de él; lograba ver los rasgos de esa persona, un soldado veterano; nunca había hablado con él pero vaya que lo conocía.

—Tú vienes con nosotros. —Le dijo el soldado veterano.

El sargento Ricco sabía que quien le hablaba era su ídolo; el último héroe de guerra con vida; el capitán William F. Cyrus.

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