El Programa GAMER - La Era de los Sheitans - DIGITAL

El Programa GAMER – La Era de los Sheitans – Capítulo 4 Una comunidad que florece

Las palabras del impertinente desconocido cayeron como una bomba en el ánimo de la concurrencia, quienes ya habían tenido demasiado soportando estos seis meses de miedo, incertidumbre y hacinamiento. Para ellos la esperanza de supervivencia no se había terminado pues conforme pasaban los días y no había noticias de cambios notables sentían que quizá «ellos» ya se hubieran marchado. La idea de que sólo les quedasen dieciocho meses más de vida era algo que no esperaban ni deseaban escuchar en aquel momento.

El predicador hizo un ademán de responderle al impertinente desconocido mas sus intenciones se vieron diluidas cuando aquella persona se marchó sin decir otra palabra y sin siquiera voltear a verlo, dejando a la muchedumbre estupefacta a sus espaldas. El extraño entonces se dirigió hacia un vehículo militar estacionado a algunos metros de distancia del grupo. Al ver la concurrencia el tipo de transporte que el sujeto abordó, las palabras de éste adquirieron un peso mucho mayor y aquellos que inicialmente le habían tildado de desquiciado cambiaron de opinión; los oyentes comenzaron a retirarse despacio y cabizbajos. El predicador hacía todo lo posible por cambiar el ambiente y recuperar la atención de su congregación pero el daño estaba hecho, el fuerte comentario venía de alguien que probablemente sabía cosas que el resto no. Tras abordar el vehículo en la parte trasera, el desconocido y sus acompañantes, mismos que nunca bajaron del auto, se marcharon en dirección del Centro de Gobierno.

El campo de refugiados, denominado Blossom, se encontraba ubicado en la costa oeste del país, a casi trescientos sesenta kilómetros de una de las metrópolis más grandes y reconocidas del mundo, la cual fuera antes del fin del mundo insignia de las artes y el espectáculo. Blossom se encontraba a buen resguardo, protegido por un fuerte operativo militar y ubicado lejos de las grandes ciudades. En él se encontraba a salvo más de medio millón de sobrevivientes, muchos de ellos familias distinguidas e influyentes, oportunamente evacuadas de sus viviendas en ciudades y poblaciones cercanas. Junto al resto de la población civil, eran protegidos por un nutrido grupo de policías, militares, paramédicos y personal esencial para la supervivencia de la mayoría de los habitantes.

A primera vista el panorama daba la impresión de ser un poblado montañés pero la cantidad de personas hacinadas en un espacio como ese era todo menos campirano. A diferencia de la estética usual del ambiente post-apocalíptico en los medios de entretenimiento, el espacio estaba mayormente limpio, la gente se mantenía tranquila, organizada y trataba de continuar sus vidas de la forma más normal posible. Existía mucho miedo, podía verse en los ojos de los refugiados o escucharse en los comentarios que realizaban entre ellos; no eran raros los casos de suicidio o eventos aislados en que algún individuo perdiese el control y tuviera que ser contenido por las fuerzas de seguridad; afortunadamente las autoridades cumplían bien su trabajo de mantener el orden.

Aunque aparentemente tranquilos, la angustia era notable en todos aquellos que trataban de vivir el día a día con normalidad. La vida ahí adentro no era tan diferente de lo que se encontraba en los tiempos pre-apocalipsis (aunque llamarle a la situación apocalipsis era una frase que la mayoría trataba de evitar); aquellos refugiados en buenas condiciones de salud debían realizar trabajos y servicios en beneficio del buen funcionamiento de su hogar temporal. Las autoridades asignaban esas labores de acuerdo a las capacidades y talentos que los sobrevivientes poseían, de ese modo carpinteros, electricistas, mecánicos y demás profesionales del trabajo manual eran los amos y señores de la sociedad, vistos con respeto por todos aquellos que utilizaban frecuentemente sus servicios; mientras que pintores, artistas, abogados, si bien aún lograban hacerse de utilidad ocasionalmente, no eran socialmente considerados «héroes» por lo que muchos talentosos escultores y eficientes contadores hubieron de aprender nuevas artes para hacerse valer.

Por órdenes del gobierno, el comercio se mantenía funcionando, aquellos sobrevivientes que podían producir artículos de utilidad con los medios disponibles o bien, que habían logrado rescatar sus propiedades de valor antes de evacuar, levantaban sencillos pero funcionales tendajos desde donde esperaban obtener riquezas de las que disfrutarían «cuando todo esto termine».

Con el objetivo de mantener la esperanza e implantar en el inconsciente colectivo la imagen de una vida post-apocalipsis en donde las cosas serían como antes, así como para infundir la idea de una victoria de la humanidad y su civilización, el gobierno local, refugiado en Blossom, que era el campamento más grande y mejor protegido de la zona norte del continente, alentaba el uso del papel moneda, asegurando que su valor se mantendría en el futuro y que se aplicarían castigos severos a aquellos que aprovechasen la desgracia ajena para enriquecerse. Los comerciantes aceptaban ofrecer sus productos por dinero tradicional, no obstante los costos eran tan elevados que la mayoría prefería hacer trueques, siendo éstos de gran temor para los dirigentes que verían colapsado su sistema económico, y con él, posiblemente la civilidad y organización hasta entonces conocidas.

El constante estado anímico desairado y el miedo a la muerte no habían disminuido el gusto por las actividades recreativas, más bien éstas se habían incrementado, posiblemente de forma inconsciente para evadir los estados de ansiedad provocados por el apocalipsis o bien a causa de la pérdida de pudor ocasionada por verse próximos a la muerte. El deporte seguía siendo uno de los métodos preferidos para dejar salir un poco de estrés; del mismo modo no era inusual encontrar reuniones y parrilladas colectivas o toparse con bares atestados de personas que buscaban olvidar sus miedos con alcohol (muy caro debido a su escasez). Se había incrementado el interés por el romance; de acuerdo con algunos psicólogos que tenían sus agendas llenas a causa de diferentes casos de histeria, depresión y paranoia, el miedo a una muerte próxima desinhibía a las personas, quienes instintivamente buscaban pasar momentos más placenteros sin considerar riesgos actuales ni hacer planes a futuro; por ello el control de la natalidad era una gran preocupación en Blossom pues no sabían cuánto tiempo habrían de permanecer ahí, ya fuera sólo un año más o… cientos.

Gracias a que la energía eléctrica era estable (aunque racionada), aspectos como el cine, la música y los videojuegos no habían desaparecido, sin embargo estas formas de entretenimiento no estaban permitidas de manera privada sino que se debían organizar en áreas públicas que permitieran el acceso a grandes cantidades de personas, pues de ese modo la energía se racionaba y mantenía por períodos prolongados.

Tal cantidad de personas no convivían juntas todo el tiempo, se había separado a la población en bloques coloniales de extensión territorial determinada, asignados por orden de llegada. De este modo cada bloque tenía su propio administrador (a quien por fuerza de la costumbre llamaban alcalde) y su propia fuerza de seguridad. Con este tipo de organización si la situación se hiciera más larga de lo previsto sería más sencillo mantener el control al encargarse de solucionar conflictos en localidades en vez de lidiar con toda la población completa.

Blossom se encontraba rodeado por una cordillera montañosa que formaba una especie de muralla alrededor del asentamiento, vista desde arriba daría la impresión de haber sido construida en el centro de un cráter gigante. Un enorme y espeso bosque habitaba las faldas del extremo sur de las montañas circundantes mientras que un pequeño poblado rural, ya abandonado, colindaba con éste, sirviendo como punto de referencia para encontrar el camino al interior del refugio. El área ofrecía una gran variedad de plantas y animales; alrededor de la zona boscosa se podían encontrar árboles frutales que regalaban abundantes suministros de manzanas, uvas, bayas y nueces; la tierra era fértil para su cultivo por lo que, tanto dentro de los límites del campamento como en algunas zonas externas a las que se acudía con gran cuidado, los sobrevivientes se encargaban de sembrar tubérculos, frutas y verduras. Así Blossom y sus pobladores se encontraban preparados en el supuesto de que su estancia se hiciese más prolongada de lo estimado originalmente.

Afortunadamente para todos los refugiados, la naturaleza les regalaba amorosamente protección y alimento suficiente; dentro de las cavernas que servían de acceso y barrera para acceder a Blossom, se podían encontrar murciélagos y una extensa variedad de insectos y alimañas. A lo largo de las montañas vivían cabras de monte, una gran variedad de aves, leones de montaña y zorros. En la zona boscosa abundaban osos, ardillas, mapaches, zorros y conejos, por lo que había recursos para mucho tiempo.

La ganadería se había establecido dentro del refugio con el fin de impedir el consumo excesivo de los recursos naturales de la zona. Para esto se rescataban animales de granja y más de ellos eran enviados al campamento provenientes de otros o eran encontrados en los valles. Aunque medio millón de personas podría sin problemas acabar con la diversidad de flora y fauna, la organización de los dirigentes había logrado mantener un balance adecuado y a la vez necesario, pues conservar una apariencia externa natural era fundamental para permanecer ocultos de la vista de los sheitans, a quienes los civiles les llamaban simplemente criaturas, aunque otros acertadamente les decían demonios.

La combinación de la cordillera con el bosque, montañas, cuevas, ríos y lagos era como si la naturaleza se estuviera encargando de proteger a los afortunados albergados ahí, Blossom era, para fines teológicos, un sitio bendecido, un Jardín del Edén, un paraíso.

Los refugiados no entendían cómo fue posible tener listos lugares de emergencia como éste, de tamaño gigantesco y con instalaciones eléctricas, de agua y drenaje, al momento del primer contacto con las criaturas. La realidad era que años atrás los gobiernos aliados se habían preparado para un evento catastrófico. Antes del apocalipsis era noticia común en los medios de comunicación la filtración de protocolos para emergencias de las más variadas como amenazas del tipo biológico, desastres naturales, colisiones de asteroides e incluso por la posibilidad de muertos levantándose de sus tumbas. Esas noticias fueron chistes comunes en las oficinas y salas de espera en los tiempos en que tales situaciones se veían como muy lejanas, sin embargo esos preparativos eran una realidad por lo que los gobiernos estaban listos en caso de un desastre global. Tanto Blossom, como el resto de los mega-campamentos, habían sido construidos muchos años antes del primer incidente con los sheitans y fueron constantemente modernizados con el paso de los años de modo que contasen con lo último en tecnología disponible. Al captar la magnitud de lo que estaba ocurriendo se pusieron en acción los protocolos de respuesta a amenazas del tipo biológico y, en forma coordinada, los países aliados comenzaron a evacuar hacia sus refugios más próximos a tantas personas como les fuese posible. Al mismo tiempo que adaptaron (no de forma tan eficaz como aquí) otros lugares que ofrecían una seguridad potencial para recibir a aquellos que no estuvieran cerca de uno de los grandes centros de refugio o bien, que «no lo acreditaran».

Pese a que las acciones fueron rápidas, los ataques de las criaturas tuvieron como primeros objetivos las grandes ciudades, por lo que esas zonas sufrieron bajas humanas de proporciones históricas. Tras sólo dos días las muertes se contabilizaban por millones a nivel global y los sistemas tradicionales de comunicación masiva colapsaron debido a la muy probable muerte o abandono de aquellos encargados de darles mantenimiento. En esos primeros días no había forma de saber qué hacer ni a dónde ir por lo que ese medio millón de habitantes en el refugio era realmente insignificante comparado con la cantidad de personas que no pudieron escapar. Esto último no necesariamente significaba que hubiesen muerto pues diariamente ingresaban a los diferentes campos de refugiados centenares de nuevos sobrevivientes, mismos que eran enviados a Blossom, o a otros de mayor tamaño, cuando la sobrepoblación en los pequeños amenazaba la seguridad de todos.

La ubicación era fundamental, la cordillera y el bosque alrededor servían como barreras naturales ante intrusiones de los sheitans. Los más grandes no podían pasar a través de los estrechos caminos y cuevas que llevaban al refugio, lo que daba tranquilidad a los habitantes pues eran esos los más terroríficos; sus gritos, o lo que interpretaban como gritos, se escuchaban a kilómetros de distancia mientras que el resplandor del fuego que producían (pues como si no fuera suficiente, se sabía que podían arrojar bolas de fuego) mantenía en alerta a los guardias ubicados en los centros de vigilancia, lejos de la seguridad de la fortaleza, temerosos de ver cómo cada vez el fuego estaba más cerca de su posición.

Respecto a los sheitans humanoides, esos también podían arrojar bolas de fuego, más pequeñas y de menor intensidad; aunque ellos no tenían dificultades para atravesar las pequeñas redes cavernosas ni para escalar las más altas montañas tras lo cual solían encontrarse los mega-campamentos, podían ser mantenidos a raya por defensas humanas y caer ante disparos de armamento militar; sin embargo los valientes que habían osado enfrentarlos habían servido de ejemplo de lo que sus bolas de fuego podían hacer pues bastaba un impacto en cualquier parte del cuerpo para que esa zona desapareciera, se desintegrara.

Además de la cordillera y el bosque, los límites de Blossom estaban delineados con fuertes barreras de hormigón reforzado, ese material había demostrado resistir los impactos de bolas de fuego de los más pequeños, aunque los grandes las derretían como mantequilla. Las paredes rodeaban toda la zona formando un gran rectángulo y sólo había una puerta de ocho metros de alto y quince de ancho, que tomaba diez minutos en abrirse por completo debido a su peso (aunque cabe aclarar que rara vez se necesitaba abrirse en toda su extensión) en cada uno de los costados. Al interior se desplegaban miles de casuchas prefabricadas, tiendas de campaña, hospitales (generalmente atestados), bunkers, barracas y edificios usados para fines organizacionales. La cordillera de montañas que ya rodeaba el refugio brindaba la mayor parte de la protección así como el camuflaje, sin embargo ninguna precaución era demasiada por lo que las paredes de hormigón eran valuadas como si fuesen de oro, diariamente se destinaban recursos para su mantenimiento.

En Blossom se encontraban resguardados la mayoría de los líderes de las naciones del continente, trasladados ahí debido a las ventajas estratégicas de la zona. Era desde ahí donde se coordinaban los sistemas de defensa de los campamentos cercanos al ser uno de los centros de refugiados más grandes, mejor protegidos y más importantes de defender en todo el mundo; razón por la que la mayor parte de las fuerzas militares estaban reunidas ahí, con el fin de mantener la civilización funcionando el mayor tiempo posible. Con toda su tecnología, sin embargo, no se permitían luces fuertes durante la noche por lo que las actividades al exterior estaban prohibidas cuando el Sol se ocultaba. Los exploradores no estaban seguros si las criaturas tenían buena visión, o visión alguna, pero obviamente, nadie estaba dispuesto a arriesgarse. Las actividades nocturnas debían realizarse en interiores y con baja luminosidad mientras que patrullas de seguridad se encargaban de mantener las cosas bajo control durante la noche para asegurarse de que nadie tratara de aprovecharse de la oscuridad para cometer delitos.

Comenzaba a anochecer y la mayor parte de las personas se dirigían ya a sus malqueridas chozas en busca de pasar una tranquila noche más como habitantes del fin del mundo.

—Ya es tarde angelita, —comentó un viejo comerciante que, como el resto de los tenderos, trataba de conservar vivo el espíritu del capitalismo aprovechando que el vacío provocado por el fin del mundo motivaba a las personas a buscar entretenimientos triviales para pasar el rato o mantener sus costumbres. —Será mejor que te vayas, —le dijo a una joven que acostumbraba a ir frecuentemente a su local desde que llegó, un par de meses atrás, junto a su papá; gustaba de ir en busca de objetos de interés para reconstruir su colección, misma que tuvo que abandonar al momento de ser evacuada; pese a que buscaba con ahínco generalmente salía con las manos vacías, aunque eso no le impedía volver al día siguiente esperando encontrarse con mejor suerte.

—Sí señor, no me gusta estar fuera de noche. —Comentó la jovencita sin dejar de observar un pedazo de plástico gris, la constante exposición a la luz del sol le había dado un color amarillento, casi como nicotina, un par de barras moradas adornaban la superficie del aparato, el cual estaba severamente dañado. El vendedor no tenía idea de lo que era y a la chica parecía no interesarle lo suficiente para comprarlo al elevado precio que estaba listado, ya sea porque no le alcanzara o por no tener nada de valor que intercambiar. —No soporto esos gritos… me aterran —Tras dejar el aparato nuevamente en el mostrador se retiró regalando una sonrisa al dependiente y deseándole pase una buena noche.

Lejos del refugio un pequeño pelotón, conformado por nueve bien armados soldados, avanzaba despacio y con cuidado a través del pueblito colindante al bosque, al ser un poblado bastante pequeño y muy cercano a Blossom, había sido evacuado eficientemente y, debido a su insignificancia, las criaturas no habían mostrado gran interés en atacarlo ni tampoco se habían formado pozos en él. Aunque el pueblo era considerado como un sitio seguro, era necesario mantener vigilancia constante por lo que diariamente se realizaban patrullajes para asegurarse que ninguna bestia rondase por la zona y, en caso de que así fuera, debían exterminarla al instante pues la presencia de una sola de ellas en las inmediaciones acarreaba el riesgo de atraer otras. Los patrulleros tenían también la misión de asistir a sobrevivientes que se hayan topado con el poblado en su búsqueda de resguardo, así como recuperar cualquier animal doméstico o de granja que pudieran encontrar por los alrededores a fin de evitar que su presencia atrajera a algún demonio que vagase solitario por la zona.

A diferencia de lo que muchas veces se esperaría de una situación como esta, el Gobierno estaba tomando medidas en favor de todos los ciudadanos; no negaban la ayuda a los sobrevivientes, rescataban a las mascotas que quedaron atrás, repartían equitativamente los víveres y buscaban por sobre todas las cosas que la civilización que quedaba resistiera. Los gobernantes que habían sido unos hijos de perra toda su vida, enriqueciéndose junto a sus familias por años, ahora que tenían la oportunidad de salir impunes extrañamente estaban actuando diferente; sin embargo no por eso se confiaba plenamente en sus intenciones pues siempre había algunos aficionados a las conspiraciones que aseguraban que todo lo relacionado al fin del mundo era obra de ellos; otros pensaban que la cercanía de la muerte y el hecho irrefutable (en apariencia) de un verdadero apocalipsis, había sido el estímulo necesario para que buscaran ganarse una vida mejor en la que siguiera a esta. No importaba mucho realmente creer una cosa o la otra pues todos volteaban asustados a sus líderes cuando sus vidas estaban en peligro.

—Este lugar sigue igual que la última vez que vinimos, —comentó quien parecía ser el líder, un soldado veterano que iba a la cabeza y vestía más elegantemente que el resto; lo decía más para sí que para sus acompañantes. —Ninguno de ellos se ha acercado recientemente… Sin personas no hay nada aquí que les interese.

La persona que había dicho esas palabras era el capitán William F. Cyrus, un experimentado «marine» considerado una leyenda en las fuerzas militares gracias a sus hazañas heroicas en el campo de batalla. Algunos de sus «fans» contaban que había sido capaz de resistir días enteros por su cuenta en medio de una zona hostil. Dicho relato, bastante popular al interior de las fuerzas militares, rezaba que este singular hombre había sido el único sobreviviente de una emboscada que tomó a su escuadrón por sorpresa; contaban que se había atrincherado en una casucha en medio del desierto mientras estaba rodeado por cientos de rebeldes que buscaban su cabeza. Según la leyenda, Cyrus había recolectado todas las armas de sus camaradas caídos durante la emboscada y había huido con ellas hacia la mencionada casucha, donde las había colocado estratégicamente en cada puerta, ventana o rendija que diera una visión de donde vendría el ataque, logrando sin ayuda mantener a raya al ejército enemigo, ocasionándoles cuantiosas bajas y resistiendo el tiempo suficiente para que llegaran los refuerzos. Aquellos más impresionables aseguraban que, a su rescate, se encontraron con una enorme pila de cadáveres ensangrentados y un puñado de rebeldes aterrorizados que hablaban de un monstruo al interior de la casucha; mientras que Cyrus se encontraba tranquilamente sentado en una silla sin un solo rasguño. Aunque esa historia no era creída por todos cuanto la oyeran, Cyrus era respetado por sus colegas e incluso aquellos de mayor rango que él temían hacerlo enfadar, por lo general él era su propio jefe.

—No está aquí… —Dijo de forma impertinente uno de los miembros del pelotón. —Deberíamos regresar, esto es una pérdida de tiempo, no hay nada en este lugar de porquería. —Insistió.

El resto del grupo no le ponía atención pues sus comentarios y rabietas eran de lo más comunes, Cyrus, acostumbrado como estaba a sus quejas, no lo reprendió.

—Capitán, con todo respeto, —se acercó el gigantesco subalterno de Cyrus, —¿puedo preguntar qué tiene de especial? Sólo vinimos a capturar un sheitan, ¿no es así?

Cyrus no lo volteó a ver, sólo se limitó a decir: —Esta vez nuestra misión es diferente. —Respondió sin dejar de escudriñar con vista penetrante cada rincón del pequeño pueblo.

Capturar especímenes de sheitans era una tarea relativamente común aunque de mucho mayor riesgo que el patrullaje cotidiano y no resultaba una noticia agradable de recibir para quienes tuvieran que encargarse de tan compleja labor, aunque solían tratarse de misiones de alto riesgo se les veía como por debajo del talento de alguien como Cyrus, por lo que el hecho de que la misma háyase asignado al capitán y a su experimentado pelotón les causó extrañeza e incluso fue motivo de risas al interior del escuadrón. Normalmente las pocas bestias que se acercaban al poblado llegaban tan hambrientas y en números tan bajos que los pequeños grupos de patrulla eran suficientes para matarlos o capturarlos sin mayores complicaciones; esta era una misión de rutina para el nivel de un equipo como el que comandaba Cyrus.

—Podrá ser diferente pero eso no cambia las cosas, claramente el monstruo se ha de haber largado antes de que llegásemos. —Dijo el quejoso.

El poblado estaba en buenas condiciones, todas las construcciones se encontraban de pie y salvo algunas ventanas y puertas rotas (la mayoría a causa de los mismos patrulleros o de sobrevivientes indeseables), no parecería que el fin del mundo les hubiese alcanzado. Había mucho silencio, todo el lugar se sentía como un cementerio abandonado, era aterrador; si bien el lugar no era precisamente vivaz durante los años previos al apocalipsis, era ese silencio, en conjunto con las buenas condiciones en que todo se encontraba, lo que le daba un aura de peligro que no dejaba a los militares nada tranquilos.

Esa región estaba ubicada justo en el límite del bosque que rodeaba las montañas que circundaban a Blossom. El pueblo en donde se encontraban albergó meses atrás a poco más de tres mil personas, todas ellas eficazmente trasladadas al campamento, donde se les ubicó en un bloque de especial atención al ser ellos quienes mejor conocían la zona, sus peligros y características favorables del área donde estaban refugiados; razón por la que recibían un trato preferente de parte de los dirigentes gubernamentales.

El camino de ida y vuelta entre el refugio y el poblado tomaba unas doce horas a pie cargando el equipo. Tanto tiempo de viaje era debido a la dificultad para avanzar entre los caminos estrechos que conectaban a Blossom con el exterior, algunos de ellos entre grietas de la montaña, incomodidad que era el principal elemento que le daba a los sobrevivientes refugiados esa seguridad que sentían.

Para ayudarse en el transporte de sobrevivientes o compañeros heridos o, para este caso en específico, trasladar algún sheitan capturado; el pelotón contaba con un vehículo de movimiento tipo oruga al que, de forma muy original, simplemente llamaban «La Oruga», el cual fue diseñado especialmente para caminos difíciles y empedrados. La Oruga podía funcionar con un motor de combustible pero para mantener un abasto suficiente de gasolina y por temor a que el ruido del motor atraiga indeseables, fue modificada para permitir ser empujada mediante un sistema de tracción hidráulica; en otras palabras era el pelotón el encargado de empujarla, cual carrito de supermercado, convirtiéndose ésta en una tarea más pesada una vez que contenía algo encima; el tener que empujar el pequeño tractor de ida y vuelta hacía que el viaje fuera largo y agotador.

El método manual para conducir la Oruga no era realmente por falta de combustible, el vehículo tenía siempre el tanque lleno como precaución en caso de una posible necesidad de avanzar más rápidamente, pero como cualquier tipo de combustible era limitado, preciado y difícil de reponer; era preferible utilizarlo en otro tipo de situaciones, como lo serían los traslados de grandes cantidades de personas o para el uso de vehículos militares; estos últimos habían sido usados con relativo éxito para repeler los ataques iniciales en las ciudades por lo que mantenían prioridad y una orden había sido emitida para contar siempre con abasto suficiente de combustible para uso inesperado de armamento pesado que pudiese ser necesario.

Al no encontrarse con algún sheitan que capturar ni tampoco con sobrevivientes a quienes asistir centraron su atención en sus propios intereses y buscaron algo que tuviera algún valor; Cyrus, que estaba al tanto de tales actividades aunque no participaba nunca de ellas, no les impidió tal búsqueda pues reconocía que no causaba ningún daño y proveía a sus hombres de recursos y motivaciones adicionales; al capitán se le veía más serio que de costumbre, apretaba los labios, la mandíbula parecía de metal y miraba fijamente hacia lo lejos, frunciendo el ceño en expresión de angustia, como si se imaginara los peligros que habría más adelante. Los soldados no repararon demasiado tiempo en su capitán ya que esa actitud era de lo más normal en él, decidieron enfocarse en la consecución de nuevas riquezas personales que, como dijo el quejoso, era uno de los pocos alicientes al salir de Blossom pues «el sueldo era una mierda».

Avanzaron algunos minutos escudriñando cada esquina, a la espera de notar cualquier movimiento inusual, con sus armas listas y sus dedos en los gatillos, buscando con ahínco ya fuera indicios de movimiento o algún objeto de valor dentro de las casas, tiendas o en el único centro comercial de la localidad; como lo esperaban, no había mucho qué encontrar, con las esperanzas de nuevas riquezas destruidas, el ánimo del grupo decayó un poco.

Normalmente los procesos de patrullaje ordinarios, para estar mejor preparados en caso de cualquier eventualidad, tomaban un par de días de desarrollo; en ese tiempo los encargados del patrullaje se veían obligados a dormir a la intemperie, en una zona que no brindaba la seguridad del campamento. Los nueve integrantes del grupo sabían que habrían de pasar al menos una noche en el poblado, lo que jamás era placentero, sin embargo había algo que les incomodaba aún más que la perspectiva de un «picnic» en el pueblito; el capitán no dejaba de ver hacia el horizonte, atravesando con sus ojos casas y edificios, observando hacia el fondo, donde el camino se perdía; los soldados tuvieron un mal presentimiento.

—Iremos a la ciudad. —Comentó Cyrus con su usual semblante impasible; sus palabras, dichas con una frialdad y seriedad terroríficas, dejaron a sus hombres pasmados sin saber qué contestar, ir más allá del pueblo era algo que nadie deseaba hacer pues si bien el pequeño poblado era riesgoso, los constantes patrullajes y la perpetua vigilancia daban una cierta tranquilidad, los militares sabían al menos que ahí no se habrían de encontrar algún nido desconocido (como llamaban a los asentamientos de sheitans); con cada viaje al pueblo, sin importar cuan largo fuese, las posibilidades de volver a Blossom eran altas, ir más allá… eso era otra cosa.

—Capitán, con todo respeto… Se trata sólo de una captura, no veo por qué tomar un riesgo tan grande sólo por obtener un sheitan.

Cyrus lo observó serio.

—Esta captura no es como las anteriores; esta ocasión, además de llevarlo vivo, habremos de transportarlo sin que sufra ningún daño.

Los militares mostraron en sus rostros una verdadera consternación pues aunque capturar una de esas criaturas con vida era posible, hacerlo sin lastimarla era algo que complicaba mucho la tarea

—Nuestra misión es obtener un espécimen nunca antes visto de sheitan, un cachorro. —Respondió al ver los rostros de preocupación de sus hombres.

—Disculpe capitán, no creo que su decisión sea la más adecuada; el general Humme no apreciará que usted se arriesgue de ese modo; nuestra misión es… se nos ha dado el encargo de asegurar su seguro retorno. —Le recriminó una vez más el gigantesco subalterno, el militar de mayor estatura y más edad, único que se atrevía a confrontarlo algunas ocasiones.

Cyrus observó duramente a su camarada, pese a ser el capitán un hombre muy alto, su subordinado lo aventajaba por al menos una cabeza; aún con esa diferencia la voz de Cyrus hacía que el soldado se achicara con cada entonación.

—Fue el Presidente directamente quien me encomendó obtuviésemos esta criatura, es muy importante que podamos capturarla; llevaron a Blossom a unos sujetos, científicos; supuestamente tienen una idea que pondrá la situación en nuestro favor y para eso necesitan a esta criatura en especial. ¿Es suficiente razón teniente? —Se acercó más al enorme militar que lo contrariaba y le habló al oído en voz baja pero firme. —Ahora no quiero escuchar nada más teniente Morse, ¿entendido? —Morse accedió resignado.

Cyrus había sido el comandante de las fuerzas de combate de la ciudad más importante del país, misma que se encontraba sumida bajo los ataques de las bestias, fue ahí que tuvo la oportunidad de enfrentar a todo tipo de criaturas y logrado salir con vida. Pese a que la guerra la estaban perdiendo, sus pocas victorias eran las que dotaban de esperanza a la población que era constantemente informada sobre sus proezas en combate. La batalla en aquella ciudad finalmente se perdió, fue arrasada con fuego nuclear y se ordenó la retirada, a fin de mantener todos los recursos posibles, Cyrus era uno de esos recursos y uno de los más importantes, tanto por su capacidad en combate como por lo que representaba para las fuerzas armadas. Habían pasado dos meses desde que fue enviado a Blossom donde se mantenía a la espera de nuevas órdenes; situación que era detestada por el capitán, quien se sentía menos como un hombre y más como una herramienta que estaban guardando, pero su fidelidad a su gobierno estaba por encima de toda situación y obedeció sin chistar. Cuando se le encomendó esta importante misión, los comandantes no estuvieron felices de enviarlo fuera del refugio pero la insistencia de los misteriosos científicos que el capitán mencionaba, los cuales eran respaldados por el propio Presidente, había forzado al general Humme a enviar a su mejor elemento al campo como medio de asegurar el éxito de la misión.

—Velásquez, —dijo Cyrus sin voltear a ver al resto de sus seguidores, —regresa al campamento e informa que el rastro del objetivo se dirige hacia la ciudad; iremos hacia allá.

Su partida dejaba al pelotón con sólo ocho, muy asustados integrantes, aquellos que no habían tenido la suerte de ser elegidos mensajeros tenían el rostro desencajado.

La soldado Velásquez, una ruda y musculosa mujer de piel rojiza, cabello corto y mirada retadora, obedeció sin dudar; en cierto modo se había sacado la lotería al librarse de una riesgosa salida de la relativa seguridad del pueblo rumbo a una ciudad cuyos peligros eran mucho mayores, pero eso no le importaba, respetaba tanto a Cyrus que si le hubiera dicho que saltara de un puente, ella lo obedecería; se apresuró a irse no sin antes desearle la mejor suerte a sus compañeros. —»A Humme no le va a gustar en absoluto el saber que el capitán ha salido del pueblo». —Pensó mientras partía de vuelta a Blossom, mirando atrás, viendo cómo sus camaradas se preparaban para salir de la seguridad del pueblo hacia un lugar al que nadie querría ir bajo ninguna circunstancia.

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