El Programa GAMER - La Era de los Sheitans - DIGITAL

El Programa GAMER – La Era de los Sheitans – Capítulo 9 Al otro lado del mar

—¡Concéntrese colega! ¿A dónde vamos?

El piloto del helicóptero estaba molesto, varias veces habían equivocado de dirección; volar en los días actuales representaba un grado enorme de estrés pues las bestias a nivel de suelo no dejaban de arrojar bolas de fuego a cualquier aeronave que vieran, el piloto no deseaba permanecer en el aire más tiempo del necesario.

—Discúlpeme estimado Bushnell, pero estos nombres son realmente difíciles de leer, ¿cómo es que pueden hablar este idioma?

—Lo comprendo mi buen amigo Baer, lo comprendo; pero sepa que tenemos el tiempo encima, todavía debemos ir a Monte Rosa.

—Pero no puede negar querido doctor que este lugar es realmente hermoso; bien podría quedarme días enteros admirando este hermoso paisaje.

—Precisamente eso es lo que no tenemos doctor Baer, días; esos se nos están acabando y necesitamos obtener a éste cuanto antes.

—¿Tan importante es éste, doctor Bushnell?

—Lea el expediente y compruébelo usted mismo; este chico es oro puro, lo necesitamos en el proyecto.

Bushnell ignoró los gestos de molestia de su piloto y esperó pacientemente a que el doctor Baer revisara el expediente que llevaba en las manos, una gruesa carpeta repleta de documentos, diagramas y fotografías; tomó una de éstas en la mano y la observó, era la fotografía de un chico joven y apuesto, de abundante y alborotada cabellera color castaño claro, con mirada de fuego y sonrisa altanera. Tomó otra fotografía, levantaba un trofeo mientras sonreía cínico al lado de otros jóvenes, era un chico alto y atlético. Una revista se incluía en el expediente, tenía en la portada una anotación que decía «página 86», Baer abrió la revista en esa página y leyó el encabezado: «Videojugadores profesionales». Escaneó con la vista las fotografías y encontró a su chico en una de gran tamaño, sostenía un mando de videoconsola color blanco y portaba en la cabeza una diadema con micrófono, por su expresión burlona claramente estaba posando para la imagen; el pie de foto decía: «El Pro-Gamer, Kl4ws preparándose para la competencia invernal».

—Es un chico interesante, —dijo Baer; —y además físicamente más que apto para nuestro programa.

—¿Ahora entiende por que la prisa querido doctor?

—Tiene varios campeonatos y muchísimos récords de tiempo, se ve que es alguien que ha sido moldeado por nuestro viejo proyecto, más aún…

—Doctores, ¿a dónde vamos?

El piloto ya estaba molesto, había visto varias criaturas en el viaje y comenzaba a inquietarse, no los habían atacado pero tampoco deseaba esperar a que lo hicieran.

Volaban sobre un espeso bosque, a gran altura para evitar alertar a los sheitans que estuvieran por la zona del valle, no iban muy rápido pues no estaban seguros de a dónde se dirigían. Los árboles eran enormes y estaban rodeados de montañas, el lugar estaba muy retirado de las zonas urbanas así que no había muchos sheitans, sitio perfecto para un refugio, que era lo que estaban buscando.

Con dificultades el doctor Baer logró articular el nombre del sitio al que se dirigían, el piloto pudo comprenderlo y volaron por espacio de media hora hasta que divisaron un hermoso castillo sobre un peñasco y un río, rodeado por árboles y montañas, un precioso lugar lejos de la civilización y, por consiguiente, lejos de los sheitans.

—Por fin. Ahí es a dónde nos dirigimos, el castillo Gräflich Eltz’sche. —Dijo Baer pronunciando mal el nombre.

El castillo Gräflich Eltz’sche, usualmente llamado Castillo de Eltz, era una fortaleza medieval que se había convertido en un importante centro turístico debido a su ubicación privilegiada, pues era casi como visitar un mundo de fantasía. Consistía en una construcción estilo barroca que fue levantada en lo alto de una colina de más de setenta metros de altura y rodeado por el hermoso bosque de Eltz y cuya única entrada era a través de un angosto y largo puente. Debido a su ubicación remota fue utilizado como uno de los refugios organizados de esa región del país pues estaba lejos de las zonas pobladas. Tras las órdenes de evacuación, se había llevado a miles de personas a guarecerse al interior del castillo después que sus dueños lo ofrecieron para ese fin.

Sin duda el castillo Eltz era un lugar hermoso, tanto por su ubicación como por la construcción en sí misma, sin embargo como refugio no era precisamente la zona más segura que se podría desear. Su interior estaba ricamente decorado pero casi todos los muebles habían sido retirados del lugar por la propia familia dueña de la propiedad, pues eran antigüedades valiosas, por lo que los espacios habían quedado mayormente vacíos y restaban pocos lugares en dónde sentarse o recortarse. Su tamaño también era un problema pues albergaba al momento a casi diez mil personas, quienes debían apretujarse en cualquier rincón disponible del castillo, incluidas las mazmorras. Los elevados muros y lo antiguo de la construcción, que databa del siglo XII, lo hacían una zona extremadamente fría para estar; los refugiados debían pasar temperaturas desagradables a su interior pues no contaban con instalaciones que regularan ya fuera el frío o el calor. Por supuesto estar ahí era mucho mejor que resguardarse en una vivienda común de la ciudad, pero la seguridad que brindaba era mucho más frágil que la que existía en otras zonas. De ser una atracción turística de lujo se había convertido en uno de los refugios menos deseables, e incluso los propietarios del castillo lo habían ofrecido como refugio público a cambio de verse resguardados en una mejor ubicación.

El helicóptero aterrizó en el patio, no sin dificultades pues la gente amontonada en el lugar impedía que la aeronave descendiese, los guardias hubieron de forzarlos a moverse a fin de hacer espacio.

Bushnell y Baer caminaron apretándose entre la gente, haciéndose espacio a la fuerza, escuchando quedos lamentos en un idioma que ninguno de los dos entendía. Iban sólo ellos dos, habían solicitado a su escolta aguardasen en el helicóptero pues no pensaban que les tomaría mucho tiempo atender el asunto que les ocupaba al momento. Vieron los rostros demacrados de los refugiados, niños que se inclinaban en el suelo al no contar con algún lugar dónde recostarse, viejos con el rostro marcado por arrugas y una eterna expresión de dolor. La gente estaba tan apretada que se golpeaban entre sí; por todos lados se encontraban con refugiados que presentaban heridas recientes, producto de encontronazos con otras personas, ya fuera accidentales o debido a algún conflicto. Vieron personas que discutían, niños que lloraban; los comedores estaban atestados pero los platillos muy escasos, consistentes en agua y embutidos. Era incompatible el estar en un lugar tan hermoso y que albergara tanto dolor, así era el refugio de Eltz.

—¿Cómo se llama el chico? —Preguntó Bushnell a su colega, que aún llevaba el expediente entre sus manos.

Baer hojeó el documento por un instante.

—No viene su nombre por ningún lado, sólo su raro apodo.

—¿Cómo que no viene su nombre? ¡Específicamente solicité datos completos! Alguien será despedido por esto, puede contar con ello amigo mío.

Baer continuaba revisando las hojas de su expediente, buscaba cualquier nombre que se hubiera perdido entre las hojas; no encontró nada. Lo atestado de la población le llevó a chocar con un refugiado con lo que dejó caer sus documentos, entre ellos una fotografía que recogió un pequeño.

—Ich kenne ihn.

El niño sostenía la fotografía y hablaba con una enorme sonrisa, los doctores no entendían lo que éste trataba de decirles pero pudieron interpretarlo gracias a que el pequeño apuntaba con su dedo hacia una esquina donde una familia, consistente en un hombre mayor, una mujer madura, una anciana, un niño y un joven adulto, todos vestidos con harapos, trataban de hacer funcionar un radiador portátil.

Los dos colegas batallaron un poco para reconocer al joven adulto: estaba delgado, la piel la tenía reseca, la barba mal rasurada y el cabello se veía menos abundante que en las fotografías; portaba una vieja camiseta verde con dibujos despintados que eran imposibles de identificar, sus pantalones estaban sucios, especialmente de las rodillas, y se notaban un par de tallas más grande que la medida de la pequeña cintura del chico. Calzaba unos tenis blancos que más bien se veían grises y que lucían unos enormes agujeros en la parte del pulgar. Fue necesario acercarse para apreciar esa mirada encendida y actitud altanera que les confirmó se trataba de su chico.

—¿Kl4ws? —Preguntó Bushnell directamente al joven, ignorando las miradas del resto de la familia.

—Wer bist du? —Respondió el joven haciendo un gesto de desdén.

Bushnell le extendió la mano pero el joven no respondió, el doctor la mantuvo extendida.

—Venimos a ofrecerte cambiar tu vida. —Le dijo.

El joven lo observó con desconfianza, veía fijamente a los dos hombres frente a él; ambos pulcramente vestidos, con una energía en sus rostros que tenía meses de no ver en nadie alrededor; definitivamente no parecían refugiados como él, no estaban asustados, no estaban delgados; parecían turistas que llegaban de paseo, y claro, no eran compatriotas suyos.

El hombre mayor, evidentemente el padre del joven, intentó interceder pero éste intercambió unas palabras con él y se retiró.

—¿Quiénes son ustedes? —Preguntó finalmente.

—Me alegra que hables nuestro idioma, temía que esta conversación se hiciera molesta. ¡Qué modales los míos! Soy el doctor Bushnell y mi colega es el afamado doctor Baer, venimos con una propuesta que cambiará tu vida.

Baer observaba al muchacho con su típica y afable expresión bondadosa, era un hombre que se ganaba fácilmente la simpatía de los demás, no así para Bushnell que lograba ciertamente lo opuesto. Le sonreía al joven, quien gracias a ello estrechó sin darse cuenta la mano que su colega mantenía extendida.

—¿Qué quieren? —Preguntó.

—¿Eres el famoso Kl4ws?

—Soy yo, ¿qué quieren? —Volvió a preguntar.

—Mi colega y yo venimos de muy lejos pues estamos sumamente interesados en ti y en tus habilidades. Eres muy famoso en nuestro país, ¿lo sabías?

—¿Qué quieren? —Volvió a preguntar molesto.

—Eres un joven que va directo al grano, eso me agrada, me identifico con tu ímpetu, sé que nos llevaremos muy bien. —Bromeó Bushnell, quien realmente comenzaba a molestarse por el comportamiento altanero del muchacho. —Bien, bien, al punto; queremos te integres a un proyecto nuestro.

—No me interesa. —Respondió.

—¿No te interesa salvar al mundo de la extinción? —Increpó Busnhell.

—¿Cómo voy a salvar al mundo? No soy soldado ni súper héroe.

—En eso te equivocas mi estimado Kl4ws, eres un soldado, sólo que aún no lo sabes.

Baer hojeó el expediente unos instantes y volteó a ver al chico, sus ojos bonachones y su eterna sonrisa surtieron efecto, Kl4ws suavizó su expresión.

—Quince campeonatos en torneos mundiales, una verdadera fortuna en ingresos en los últimos cinco años, únicamente por jugar videojuegos. Es impresionante lo que logras con las recreativas, superas todo lo que los programadores planearon.

Kl4ws escuchó las palabras del doctor Baer, le sorprendía lo en serio que ese buen hombre hablaba.

—¿Qué demonios tiene eso que ver con salvar al mundo?

Bushnell sonrió, colocó su mano sobre el hombro del chico e incluso se recargó un poco sobre él. Le entregó una carpeta que sacó de su maletín, Kl4ws comenzó a revisarlo incrédulo, sin que de su rostro desapareciera una mueca de disgusto.

—¿El Proyecto Higginbotham? —Preguntó. Aún no llegaba al Castillo Eltz la maquinaria propagandística así que no conocía nada al respecto.

—Se trata de una iniciativa del gobierno para…

Kl4ws no dejó que Bushnell terminara de hablar, entregó abruptamente la carpeta mal cerrada de vuelta a su extrañado interlocutor y se retiró de vuelta con su familia, sólo se limitó a decir —»Es ist mir egal». —Bushnell y Baer quedaron en silencio, indecisos entre insistir o alejarse.

—No esperaba eso colega.

—Y que lo diga.

Los dos hombres de ciencia observaban a aquel chico alejarse, alto, atlético, era un candidato perfecto para el programa, necesitaban tenerlo entre sus filas.

—¿Qué hacemos ahora querido amigo? —Preguntó Bushnell.

—Es un buen chico, démosle tiempo para pensar. —Respondió Baer.

—¡Perfecto colega, perfecto! Aprovechemos para recorrer este hermoso lugar, no todos los días se tiene la posibilidad de visitar un sitio con una historia tan rica como éste, no importa que esté atestado de gentuza.

Kl4ws estaba con su familia, le preguntaron qué querían de él dos sujetos extranjeros tan extraños, les asombró lo impecable de su indumentaria e inmediatamente imaginaron que se trataba de algo grande.

—Quieren enlistarme en el ejército. —Respondió.

La madre de Kl4ws inmediatamente rechazó la idea; sólo pensar que su primogénito saliera allá, donde las bestias recorren las calles y despedazan a quien se encuentre cerca, era una idea aterradora. La mujer, con rostro demacrado y una notable pérdida de peso, apoyó a su hijo con una sonrisa.

El día transcurrió como de costumbre en el castillo Eltz, no era un refugio donde existiera una gran cantidad de formas para pasar el tiempo. La familia primero se formó durante cerca de dos horas para recibir cada uno un plato de unicel que contenía un par de salchichas, un trozo de queso y una hogaza de pan; así como un vaso de agua. Kl4ws y su padre sólo mordisquearon un poco de pan y dieron un par de sorbos al agua cada uno, acto seguido entregaron sus alimentos a la madre, a la anciana, que era la abuela, y al hijo más pequeño; era algo que solían hacer, ambos hombres estaban muy delgados por aquella cuestión.

Después de la comida, que no duró demasiado, se retiraron a una pequeña esquina de un comedor, el cual ellos habían designado como su «recámara». Habían montado unas sábanas sobre unos muebles que encontraron para así formar una frágil pared y hacerse de una relativa intimidad. Dentro de su cubículo sólo contaban con tres colchones viejos, dispuestos sobre el suelo, con algunos cobertores sucios y unas pocas almohadas. Su pequeña habitación no contaba con más mobiliario que esos colchones; su ropa se mantenía guardada en mochilas y maletas que llevaban consigo desde la evacuación y no había sido lavada más que un par de ocasiones desde que llegaran al castillo Eltz.

Su guarida contaba con un pequeño añadido que causaba lo más cercano a felicidad que la familia podía gozar de cuando en cuando, una elevada ventana se ubicaba justo frente a su rincón y permitía la entrada de cálidos y agradables rayos solares. Ocasionalmente el pequeño le pedía a su hermano que lo alzara sobre sus hombros para ver al exterior y toparse con un hermoso paisaje boscoso. Ahí, lejos de la ciudad, lejos de los sheitans y su fuego infernal, el exterior se mantenía verde y bello; la posibilidad de admirar hacia afuera casi cada que querían era de las pocas cosas que les permitía un instante de paz.

Se mantuvieron en su humilde esquina un tiempo, aislándose del resto de la gente con las mencionadas sábanas. El padre continuaba trabajando en el radiador, si bien era época de calor, estaban en una zona muy fría y debían estar preparados para el invierno. La madre atendía a la abuela, quien sufría de dolores en las articulaciones y emitía suaves quejidos cada que debía hacer movimientos, la vieja procuraba mantenerse callada para no mortificar a su familia pero el dolor se le notaba en el rostro y los ojos enrojecidos de la madre lo confirmaban.

Kl4ws jugaba con su hermanito, a éste le encantaba escuchar las historias que su hermano mayor le contaba de esos campeonatos en los que participaba. Kl4ws le platicaba de los viajes a diferentes partes del mundo, de los patrocinios millonarios que recibía, de toda la gente que lograba conocer y que hacía filas para tomarse una foto a su lado, de las entrevistas que le hacían y que él incluso a veces rechazaba por no tener tiempo. Había rescatado en la evacuación un trofeo que le era muy especial, no por el significado sino porque a su hermano le fascinaba al tratarse de una estatua de un chico con un mando de video consola en las manos; el pequeño creía que había sido hecho en base a su hermano mayor.

Salió Kl4ws un momento del rincón, dejando a su familia continuar con sus labores habituales, y recorrió el interior del Castillo Eltz. Caminó los enormes y lujosos pasillos, de techos altos y paredes de granito y mármol; admiraba los candelabros que pendían desde las alturas, todos apagados pues no podían darse el lujo de consumir tanta energía eléctrica. Era difícil caminar entre tanta gente, chocaba contra otros refugiados y veía sus caras de tristeza, todos sucios, vistiendo ropa harapienta. Volteó a ver sus propias manos, sus uñas crecidas y llenas de mugre, machadas por la tierra; se asustó al ver sus manos huesudas, nunca las había tenido así. Caminó intrigado hasta una enorme ventana donde pudo ver su reflejo; ahí estaba él, con el cabello grasoso y despeinado, la barba crecida y su piel grisácea. La ropa le quedaba grande, sus brazos estaban muy delgados; del cuello de la camiseta podía ver sus clavículas prominentes. Se sintió terrible, él, un chico acostumbrado a estar en excelente forma, fuerte, atlético, popular; recordó cuando hacía sesiones fotográficas para revistas y sitios web, las veces que asistió como invitado a diferentes exposiciones, los gritos de las chicas que le confesaban su amor. No supo si lloraba, quizá estaba demasiado deshidratado para llorar.

Caminó un rato más a través del castillo, vio la escasa seguridad que tenían; apenas unos cuantos elementos militares patrullaban de un lado a otro, atentos a cualquier incidente que pusiera en riesgo a los refugiados. ¡Estaban tan delgados como él! No se veían muy diferentes a los otros refugiados, sus uniformes estaba sucios y rotos, sus caras marcadas por la tristeza y el miedo; sólo sus armas les permitían diferenciarse, y estaban tan viejas que quizá ni siquiera funcionaban.

Llegó a la entrada principal, una enorme puerta de finísima y pesada madera con intrincados grabados; tan grande que un sheitan podría pasarla sin problemas. Estaba medio abierta, a veces los soldados salían a hacer guardias y olvidaban cerrarla; los refugiados no tenían permitido salir mas que bajo la escolta de las autoridades, pero a Kl4ws no le importó y salió. Caminó un poco por el largo puente de piedra, con decenas de espesos y verdes árboles alrededor. Miró hacia los lados del puente, sobre la pendiente de más de 70 metros de altura; una vista preciosa. Aguzó el oído, no logró escuchar nada, de día pocas veces escuchaba los rugidos de los sheitans, sabía que ahí estaban. Vio al horizonte donde un suave resplandor naranja le indicaba el incendio de lo que alguna vez fue su hogar, su ciudad, ahora engullida por el fuego y propiedad de demonios.

Cabizbajo volvió con su familia, una vez más se formó durante un par de horas para otra ración de escuetos alimentos que servían de cena; otra vez comió poco y entregó la mayor parte de su comida a su madre y hermano. Se retiraron todos juntos nuevamente a su aislado rincón, donde vio el radiador abierto, tornillos desparramados por todos lados, su padre observaba el aparato con notorio enojo; vio a su abuela en expresión de angustia, a su madre buscando medicinas dentro de las mochilas y a su hermanito jugando con su trofeo; se retiró.

Caminó de nuevo los interiores del castillo Eltz, volvió a ver las mismas caras, la misma gente, pasó por los mismos pasillos y admiró las mismas paredes y la misma decoración; ahora trataba de no ver su reflejo en los vidrios. Se topó con más militares, igualmente flacos, igualmente insignificantes. —»Están en peor condición que yo». —Pensó. Vio sus armas y se acordó de cuando jugaba, las reconoció al instante, Heckler & Koch G95, las usaba en algunos videojuegos, incluso alguna vez había practicado con una real en un campo de tiro.

—¡Ahí estás! —Escuchó.

Era otro idioma, supo inmediatamente quién era; dio media vuelta y se topó de frente con el doctor Bushnell, le sonreía; la verdad es que, sin darse cuenta, Kl4ws los estaba buscando.

—¿De qué demonios trata su dichoso proyecto?

Bushnell sonrió aún más, juntó sus manos y las frotó; procedió a explicarle al chico en qué consistía.

Le volvió a entregar la carpeta y juntos revisaron paso a paso la historia del Proyecto Higginbotham, la manera en que los videojuegos condicionaban a los videojugadores y la idea general de lo que pretendían lograr; Kl4ws no sabía si reírse de ellos.

—¿Así que quieren que yo salga a matar sheitans sólo porque soy bueno jugando videojuegos? —Preguntó con sarcasmo.

—Bueno… eres más que bueno jugando videojuegos, eres excepcional. —Revisaron cada una de las estadísticas que tenían del chico. —Analizamos tus números, tus acciones; se nos facilitaron estadísticas y grabaciones de las competencias. Tu mente trabaja a otra velocidad, tus reacciones son los de un verdadero soldado.

—¿Qué gano yo?

Bushnell se congratuló, habían llegado a lo que él esperaba, la negociación, el gancho.

—Querido amigo, no sólo formarás parte de la historia, no sólo ayudarás a salvar al mundo, no sólo mandarás a esos monstruos de vuelta al infierno. Te será… redituable.

Kl4ws guardó silencio.

—Quiero que mi familia sea trasladada a un mejor lugar. —Dijo después. —Quiero que les den trato preferente.

—Hecho joven amigo, hecho. Pero…

—Eso es todo. ¿Qué tengo qué hacer? —Interrumpió Kl4ws.

Viajaban nuevamente en helicóptero, abordaban Bushnell, Baer, el nuevo integrante del proyecto Higginbotham, Kl4ws; quien se había negado rotundamente a proporcionar su nombre real, así como el piloto y la escolta. Baer había aprovechado el tiempo para explicarle al nuevo recluta acerca de los otros beneficios que obtendría por su participación; su vida estaría resuelta.

—Si no me matan. —Añadió el joven; Baer no respondió.

Volaban sobre unas enormes montañas nevadas, el viento era cortante y la nieve dificultaba la visión. Todos iban bien abrigados. Vieron luz frente a ellos, Kl4ws estaba sorprendido: ¿Luz estando por anochecer?

—No te sorprendas amigo mío. —Dijo Bushnell. —Así es la vida en el refugio de Monte Rosa; uno de los más avanzados del planeta, quizá el más seguro que hay y el nuevo hogar para tu familia.

En lo alto de la montaña más elevada del mundo había una enorme construcción, con muros que subían más allá de los 70 metros de altura. Y al interior, lo que parecía ser una pequeña ciudad, con edificios, casas, movimiento. Parecía cobrar vida, sus luces de varios colores iban a cada lado del complejo como si lo recorrieran. El helicóptero aterrizó en un moderno helipuerto; Bushnell descendió de la aeronave de un salto, trataba de darse calor, hacía un frío terrible allá en lo más elevado del mundo.

Voltearon a varias direcciones y vieron pequeños edificios al frente, tenían luces color rosa, color morado, luego verde; eran luces de neón que hacían que el refugio se viera como una ciudad del futuro. Si bien los edificios no eran muy altos, para estar en la cima de una montaña era algo impresionante. Kl4ws incluso podía respirar sin problemas a pesar de la altura. —Milagros científicos. —Dijo Bushnell. —Rejillas como esa, —apuntó al piso, —hay por doquier y proveén oxígeno constante; el asfalto produce un suave calor que permite crear una atmósfera artificial y una temperatura soportable para que se dé la vida.

El joven admiraba sorprendido el lugar, no creía que algo así existiera en el mundo; parecía de películas, de… videojuegos.

—Y la misma tecnología que hace este lugar tan maravilloso te convertirá en un soldado invencible. —Sentenció Baer con su usual sonrisa cálida y afectuosa.

—Amigo Kl4ws, conoce el campamento Monte Rosa, siéntete libre de pasearte por las calles y visitar cada local; ten, considéralo un anticipo de tu próxima victoria, cómprate lo que deseés; por favor come algo, vaya que lo necesitas. —Entregó Bushnell un fajo de billetes al extrañado chico, eran de la moneda local. —Todos hablan tu mismo idioma por lo que no batallarás en dar con algo interesante para hacer.

—Un soldado te acompañará y traerá de vuelta cuando demos aviso, aprovecha para familiarizarte con el lugar para que lo notifiques a tu familia. No tengas miedo, los sheitans no pueden llegar hasta aquí—Añadió Baer.

—¿Esta será nuestra base? —Kl4ws seguía sorprendido.

—¿Qué? No, no, no. —Añadió sonriendo Bushnell. —Claro que no, mi amigo, aunque bien podría serlo pues este lugar es una maravilla. No, nosotros iremos a un lugar igualmente sorprendente, quizá incluso más que aquí.

Kl4ws se quedó de una pieza, ¿otro lugar igualmente sorprendente? ¿Incluso más que Monte Rosa?

—¿Qué venimos a hacer entonces? —Preguntó el joven.

—Venimos por alguien más, alguien tan impresionante como tú, —tomó el expediente y volvió a revisar. —Creo que es…

—¡No! —Dijo Kl4ws molesto. —¿Ella también viene?

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